Rafael Simón Morales y González, paradigma de cubano por su pensamiento y acción

Mendive. Revista de Educación, julio-septiembre 2019; 17(3): 466-470

 

Rafael Simón Morales y González, paradigma de cubano por su pensamiento y acción

 

Rafael Simón Morales and González, paradigm of Cuban for his thought and action

 

 

 

Elizabeth Darias Hernández

Universidad de Pinar del Río «Hermanos Saíz Montes de Oca». Cuba. Correo electrónico: elizabeth.darias@upr.edu.cu

 

En la provincia de Pinar del Río, Cuba, existen cuatro centros laborales y estudiantiles que llevan el nombre de Rafael Simón Morales y González, entre ellos destaca el principal teatro de la Universidad de Pinar del Río: «Hermanos Saíz Montes de Oca». Se suman a este homenaje dos monumentos erigidos a su memoria en San Juan y Martínez, municipio donde nació, y en el Tribunal Provincial de esta capital. Pero, ¿quién fue este hombre que mereció tanto reconocimiento?

El deseo libertario en la parte más occidental de la Isla encontró simpatizantes desde los inicios de la conquista por los españoles en la mayor parte de este territorio. Durante el siglo XIX una de las personalidades pinareñas más destacada fue Rafael Simón Morales y González (Moralitos), insigne patriota, que escribió heroicas y bellas páginas de dignidad, valentía, lealtad, altruismo y entrega sin límites a la Revolución de 1868.

Fue un excelente orador y polemista de las más disímiles ciencias como: Filosofía, Economía, Química, Pedagogía, Psicología, Ética, Historia, Física, entre otras, a las que le imponía un mesurado análisis que asombraba al más encumbrado de los auditorios. Este estilo distintivo y su elocuencia motivaron que le apodaran Pico de Oro.

Moralitos, nació en el municipio San Juan y Martínez, al occidente de Pinar del Río, el 28 de octubre de 1845 en una familia de clase media, con posesiones de tierras para el cultivo del tabaco. Por el fallecimiento de su padre emigró a La Habana junto a su madre y hermanos. Allí sufrió grandes penurias económicas, además de la pérdida de sus propiedades agropecuarias en el municipio de nacimiento, a pesar de múltiples gestiones familiares.

Desde la Educación Primaria fue brillante, estudiaba y a la vez desempeñaba la labor docente con los niños más pobres. Alfabetizaba a mujeres, pobres y negros, llegando incluso a abrir centros educacionales nocturnos, a partir de 1866, donde él era el único maestro. Esta noble labor le ganó el apoyo popular y la repulsa y el rechazo de las autoridades españolas de La Habana, que desarrollaron una persecución desenfrenada y despiadada contra su accionar.

El Liceo de Santiago de Las Vegas fue de los escenarios donde desarrolló encomiable labor educativa y revolucionaria. No obstante, el gobierno español negaba su presencia allí. El 25 de julio de 1866 terminó sus clases planteando: «Señores: No perdamos los momentos; el tiempo urge; la Patria así lo reclama, y el deber llama a las puertas de nuestras conciencias.» (Morales, 1904, p. 53)

En 1864 se graduó de Bachiller en Artes en la Universidad de La Habana y en 1868 de Bachiller en Derecho Civil y Canónico en la propia alta casa de estudios capitalina donde, posteriormente, matriculó Licenciatura en esta especialidad, estudios que no pudo concluir por las carencias económicas familiares y su ímpetu patriótico y revolucionario, que lo llevaron a los campos de batalla agramontinos desde el 27 de diciembre de 1868.

Recibió serias heridas en la mandíbula que le destrozaron el rostro, fracturaron dientes y trozaron la lengua en un cruento combate en Sebastopol de Najasa, como parte de la caballería de Agramonte en Camagüey, el 26 de noviembre de 1871. Las heridas le interfirieron el habla y fue sometido a varias intervenciones quirúrgicas en plena guerra. Céspedes, Agramonte y Estrada Palma, entre otros patriotas, se ocuparon por la delicada salud de Moralitos y le instigaron a viajar a Estados Unidos vía Jamaica, para curarse y unirse a la emigración cubana que estaba muy desperdigada en ese país. Él estuvo de acuerdo, aunque serios recelos y preocupaciones dilataron su salida al exterior.

Ante esa disyuntiva escribió a su amada residente en el norteño país: «De volver á vernos, es posible que sea muy tarde, pues yo no pido licencia y solo con sentimiento la aceptaría, por el tiempo necesario para concluir de operarme y ponerme una dentadura, que me regularizara más el rostro, mejorara mi salud y me perfeccionara el habla». (Morales, 1904, p. 239)

No hubo tiempo ni posibilidades para viajar al exterior, los españoles incautaron y quemaron el rústico bote de ceiba en construcción que él fiscalizaba cerca de las costas santiagueras. Debilitado, desfigurado y casi solo, le sorprendió la muerte la noche del 15 de septiembre de 1872 con 27 años de edad, en plena madurez revolucionaria y política; su único acompañante fue el patriota Manuel Sanguily, su hermano Julio, por estar muy depauperado, no asistió al sepelio del querido amigo.

La fosa campestre abierta para darle merecida sepultura fue hecha superficialmente, lo que permitió a perros jíbaros devorar su cadáver la noche del entierro y desperdigar sus huesos como simientes por la redentora Sierra Maestra, para germinar multiplicados en el decursar de la Historia Nacional.

Pensamiento pedagógico

Como pedagogo era brillante, tenía profunda intuición para enseñar y educar aplicando métodos novedosos, sus clases y explicaciones eran límpidas, amplias, comprensibles y atractivas. Fue un enemigo declarado del empirismo y la rutina.

Se le considera el primer cubano en emplear la educación objetiva, llamada método de Pestalozzi, con buenos resultados. En 1865, mediante el experimento y la práctica, el joven pinareño se convirtió en acuciante maestro siguiendo el camino de lo fácil a lo complejo, de lo simple a lo compuesto, de lo relativo a lo abstracto.

Sus clases de Psicología, Historia y Ética eran asombrosas, dada su juventud, y conducían a la formación de una personalidad llena de valores, virtudes justas y humanas. Centraba su labor en explicar las interioridades espirituales, las diferencias entre el derecho y el deber, el bien y el mal, la virtud y el vicio, la justicia y la caridad. Argumentaba y defendía lo moral sobre la inmoralidad, al patriota del apátrida, la verdad por encima de la mentira, la independencia y soberanía sobre el despotismo y colonialismo.

Perfeccionó los estudios filosóficos y jurídicos que no pudo terminar por las razones antes explicadas. Leía mucho, realizaba exhaustivas y profundas acotaciones a textos estudiados, era enemigo de nimiedades y estériles devaneos, amante de temas sustanciosos e importantes que motivaran el análisis mesurado y juicioso, asombraba a sus contemporáneos por su poder de abstracción y reflexión. Se distanciaba de lo estéril, lo superficial, lo ingrato.

En la Universidad de La Habana brilló junto a célebres estudiantes como Ignacio Agramonte y Antonio Zambrana, entre otros, que también pensaban, soñaban y lucharían posteriormente por la emancipación de Cuba. Allí sobresalió en debates, conferencias y tertulias de Filosofía, Economía Política, Química, Historia Natural (aplaudido y elogiado por el sabio cubano Felipe Poey que le recomendó enviar a Francia su ponencia, de esta última ciencia, para su análisis y divulgación en Europa).

Concibió en barrios pobres de La Habana fundar escuelas nocturnas para enseñar y alfabetizar artesanos, jornaleros, negros y mujeres; entre sus compañeros compró materiales escolares y arrendó locales adecuados para educar y preparar a los pobres en la comprensión de la revolución contra la España esclavista y colonizadora; estas clases eran gratuitas y comenzaron el 10 de abril de 1866. Rápidamente tuvieron la oposición del gobierno colonial aduciendo que atentaban a la paz y el bienestar de la sociedad y tuvieron que suspenderlas amenazados de ser encarcelados o deportados. Fue precursor de la Universidad Popular José Martí fundada años después por Julio Antonio Mella.

Estaba convencido de la trascendental importancia de la Educación Popular para la Revolución y sentenció:

«Y si tanta influencia tiene la educación en el progreso de los pueblos y el adelantamiento de los hombres, ¿permaneceremos indiferentes ante tantas obras que tenemos que realizar? Este Liceo…ha de crear una biblioteca pública; las clases gratuitas quedaran desde este momento instaladas…Aún nos falta bastante por hacer y no habremos cumplido con el deber de buenos ciudadanos hasta no colocar el último sillar (piedra tallada) en el edificio de nuestra ilustración». (Morales, 1904, p.283)

Muy amplia fue la visión pedagógica de Moralitos para el presente y futuro de la Revolución y la instauración de la República con su andamiaje legislativo para la comprensión popular de la Cuba libre y soberana.

Fundó escuelas en los campos insurrectos para alfabetizar, enseñar importantes y necesarias materias como: Gramática, Anatomía, Patología, Milicia (táctica guerrillera), Inglés, Español, Aritmética, la Constitución y otras leyes a soldados y oficiales del Ejército Libertador, extranjeros que militaban en sus filas y pobladores de las zonas donde se desarrollaba la contienda. A estas escuelas las llamó Academias, funcionaron en el centro de la isla, todos los días en horario de almuerzo; era profunda e integral la preparación. Convencido estaba de luchar por eliminar la ignorancia social para consolidar la Revolución y forjar la República.

Diseñó una Cartilla en el Camagüey mambí el 10 de abril de 1872 para alfabetizar, empleando los números para identificar las letras y así hacer sencillo y fácil el aprendizaje. Esta concepción revolucionó la educación en el país y fue retomado por la Pedagogía Cubana actual con el método: «Yo sí Puedo» encabezado por la extinta maestra Leonela González, aplicado con relevantes resultados en varios países del mundo subdesarrollado y comunidades autóctonas del Primer Mundo como Australia y Estados Unidos.

Abanderado de la Educación Popular (masiva), Educación Cívica y la formación de valores éticos y morales desde edades tempranas, donde la familia y la escuela desempeñan un trascendental papel social, solía plantear:

«Que no se olvide por un solo momento que la educación popular es la garantía misma de las garantías sociales si se quiere que no sean estériles las lágrimas y sangre derramadas…La educación popular es la garantía política más segura del sufragio universal… La prensa, para conmover las sociedades necesita como la palanca de Arquímides un punto de apoyo, y este punto de apoyo es la educación popular.» (Morales, 1904, p. 343)

Dentro de la teoría pedagógica concibió las edades tempranas como eslabón esencial para la formación de una personalidad equilibrada, en armonía con la sociedad, sus preceptos éticos y morales, donde el juego de roles y otras actividades lúdicas contribuyeran decisivamente en la instrucción y educación de la niñez.

El joven Moralitos, siempre altruista, defensor de los valores éticos y morales más elementales, tanto en sus escritos como en los vibrantes discursos, dejó evidencia de su oposición al juego al azar, la holgazanería, el racismo, al papel discriminatorio asignado a la mujer, a la explotación, al colonialismo, al reformismo, defendió leyes justas, democráticas, republicanas y patrióticas.

Particularmente los pinareños tenemos una colosal deuda con Moralitos que debemos saldar con la construcción de un socialismo próspero y sostenible. Por ello, trabajamos para divulgar en todos los escenarios posibles su legado como paradigma de joven patriota, revolucionario y ciudadano ejemplo de altruismo, desinterés y entrega de su noble y ejemplar vida dedicada a esta Patria.

 

REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA

Morales y Morales, Vidal (1904). Hombres del 68. Imprenta y Papelería de Rambla y Bouza. La Habana.

 

 


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